
De pequeñas imaginábamos una vida con trabajo, casa propia y una historia de amor. Ahora que nos acercamos a aquella edad, descubrimos que crecer también significa despedirse de la mujer que pensábamos que seríamos.
Hubo un tiempo en el que cumplir treinta años parecía tener todas las respuestas. Imaginábamos un apartamento con flores en la cocina, un armario lleno de ropa de oficina, un trabajo que nos apasionara y alguien esperándonos al volver a casa. Tendríamos dinero para comprarnos nuestros propios caprichos, una agenda llena de planes y la sensación de haber encontrado, por fin, nuestro lugar en el mundo.
De pequeñas jugábamos a ser mayores. Nos poníamos los tacones de nuestras madres, fingíamos reuniones importantes y soñábamos con el día en el que nadie tuviera que decirnos a qué hora volver a casa.
Queríamos crecer deprisa.
Y entonces crecimos.
Llegaron los primeros trabajos, las despedidas, las mudanzas y las decisiones que ya no podía tomar nadie por nosotras. Descubrimos que la independencia también significaba pagar facturas, echar de menos nuestra habitación de siempre y llamar a mamá después de un día en el que nada había salido como esperábamos.
Y aquella edad que parecía tan lejana empezó a acercarse.
Hay algo extraño en descubrir que estamos llegando a la edad de la mujer que soñábamos ser y todavía no nos parecemos del todo a ella.
Quizá no tenemos el apartamento. Quizá el trabajo que tanto deseábamos no se parece a lo que imaginábamos. Puede que sigamos sin saber dónde queremos vivir, con quién compartir nuestra vida o qué hacer cuando las cosas no salen bien.
Y, mientras tanto, parece que el tiempo corre.
Vemos compromisos, ascensos, viajes y mudanzas en las vidas de los demás. Nos alegramos por nuestras amigas, pero algunas noches nos preguntamos si nosotras deberíamos estar en otro lugar.
Como si existiera un calendario que alguien nos entregó de pequeñas y que ahora estuviéramos llegando tarde a cumplir.
Pero nadie nos explicó que la mujer que imaginábamos a los quince todavía no sabía todo lo que íbamos a vivir.
No sabía de las oportunidades que cambiarían nuestros planes. De las personas que dejaríamos atrás. De los sueños que perderían importancia y de otros que aparecerían sin haberlos buscado.
Durante años pensamos que hacerse mayor consistía en tener una vida resuelta. Ahora empezamos a comprender que quizá consiste en aprender a vivir sin tener todas las respuestas.
En atrevernos a cambiar de opinión. En empezar de nuevo cuando algo deja de hacernos felices. En entender que podemos querer una carrera, enamorarnos, viajar, vivir solas o volver a casa sin que exista un orden correcto para hacerlo.
Porque aquella niña que se probaba unos tacones frente al espejo no sabía cuánto nos costaría llegar hasta aquí.
No conocía nuestros miedos, nuestras despedidas ni las veces que tendríamos que volver a intentarlo.
Y quizá, si pudiera vernos ahora, no se fijaría tanto en lo que todavía nos falta.
Vería a una mujer que se ha atrevido a hacer cosas que entonces parecían imposibles. Que ha tomado decisiones por sí misma. Que algunas noches tiene miedo, pero sigue intentando construir una vida que le pertenezca.
Tal vez no hemos dejado de querer ser mayores.
Tal vez lo que nos asusta es descubrir que la vida no se parece exactamente a la que imaginábamos.
Pero cumplir treinta no debería significar llegar al final de todos nuestros sueños.
Quizá sea simplemente descubrir que todavía nos quedan muchos por imaginar.