
Americanas con hombreras, bolsos de piel, pañuelos de seda y abrigos de lana. Las prendas que antes parecían demasiado serias regresan a nuestros armarios y nos recuerdan que algunas de nuestras primeras referencias de estilo estaban mucho más cerca de lo que imaginábamos.
Una americana que nos quedaba enorme, unos zapatos de tacón con los que apenas podíamos caminar y aquel bolso que nuestra madre siempre dejaba sobre la cómoda. De pequeñas, su armario era una especie de vestidor de película al que entrábamos para jugar a ser mayores. Nos probábamos sus collares, nos pintábamos los labios delante del espejo y caminábamos por el pasillo intentando que los zapatos no se nos salieran de los pies.
Después crecimos. Llegaron nuestros primeros vaqueros, las tendencias que compartíamos con nuestras amigas y esa necesidad de encontrar una manera de vestir que fuera completamente nuestra. Las americanas nos parecían demasiado formales, los pañuelos eran cosas de madres y los bolsos de piel no tenían demasiado sentido cuando podíamos llevarlo todo en una mochila.
Y, sin embargo, aquí estamos. Buscando americanas estructuradas, guardando fotografías de mujeres con pañuelos anudados al cuello y descubriendo que aquel abrigo que nuestra madre llevaba para ir a trabajar se parece muchísimo al que ahora queremos comprar.
Quizá nuestro primer icono de estilo siempre estuvo en casa.
La moda tiene una manera particular de recuperar prendas que parecían pertenecer a otra época. Las americanas con hombros marcados, por ejemplo, fueron uno de los símbolos del vestuario femenino de los años ochenta.
Su popularidad estuvo relacionada con el auge del power dressing, una forma de vestir que incorporaba elementos de la sastrería masculina al armario de las mujeres. Diseñadores como Giorgio Armani contribuyeron a transformar el traje femenino mediante chaquetas de líneas más relajadas y nuevas proporciones.
Aquellas prendas también reflejaban los cambios en la presencia de las mujeres en determinados espacios profesionales. Vestirse para trabajar se convirtió en una parte de la construcción de una imagen pública.
Décadas después, las americanas vuelven a combinarse con vaqueros, bailarinas, camisetas blancas y faldas. Ya no necesitamos reservarlas para una reunión ni acompañarlas de un conjunto de traje.
Lo mismo ocurre con los bolsos de piel estructurados, los abrigos de lana o los pañuelos de seda. Prendas que durante años asociamos con el armario adulto y que ahora aparecen en nuestros estilismos cotidianos.
Hay objetos que recordamos sin saber exactamente cuándo empezaron a importarnos.
El sonido de las llaves dentro de su bolso. El perfume que quedaba en un pañuelo. El abrigo que se ponía antes de salir de casa y que nos parecía demasiado largo cuando éramos pequeñas.
Muchas veces, nuestra relación con la moda comienza mucho antes de que sepamos quién diseñó una colección o qué prendas se llevan esa temporada. Comienza observando.
Viendo cómo nuestra madre se arreglaba para salir, cómo elegía unos pendientes o cómo tenía un bolso que reservaba para determinadas ocasiones. Quizá entonces no entendíamos por qué algunas prendas eran especiales. Solo sabíamos que había cosas que cuidaba de una manera diferente.
Con los años, empezamos a comprender el valor de esos objetos. No necesariamente por su precio ni por la firma que aparece en la etiqueta, sino por las historias que han acompañado.
Una americana puede haber sobrevivido a varios cambios de trabajo. Un abrigo puede haber pasado por distintas ciudades. Y un bolso puede guardar recuerdos que no aparecen en ninguna fotografía.
Recuperar el armario de nuestras madres no significa vestir exactamente como ellas.
Podemos llevar una americana de los noventa con unos vaqueros anchos, combinar un pañuelo de seda con una camiseta blanca o utilizar un bolso que antes nos parecía demasiado formal para ir a tomar un café.
Las prendas permanecen, pero nuestra manera de llevarlas cambia. Y ahí está una de las cosas más interesantes de la moda: su capacidad para adquirir significados diferentes dependiendo de quién la lleve.
No todas hemos heredado ropa de nuestras madres. Algunas conservamos una prenda, otras una fotografía y muchas simplemente recordamos una manera de arreglarse que, sin darnos cuenta, terminó influyendo en nuestros gustos.
Quizá por eso resulta tan especial descubrir que nos gustan las mismas cosas que antes no entendíamos.
Un día abrimos nuestro armario y encontramos una americana parecida a la suya, un bolso del mismo color o un pañuelo que podríamos haberle pedido prestado hace diez años.
Y de repente volvemos a ver a aquella niña caminando por el pasillo con unos zapatos demasiado grandes. Solo que ahora, por fin, le quedan bien.