UNA REVISTA, UNA GRAN CIUDAD Y UNA VIDA PROPIA: POR QUÉ SOÑÁBAMOS CON SER LA PERIODISTA DE NUESTRA COMEDIA ROMÁNTICA

By Celia de Santiago Arana

Las rom-com convirtieron a periodistas, editoras y escritoras en protagonistas de historias que hablaban de amor, pero también de mujeres que abandonaban lo conocido para construir una vida propia

Una revista bajo el brazo, un café en la mano y algún artículo que debería haber estado terminado hacía horas. Un apartamento pequeño en una ciudad demasiado grande. Una mejor amiga al otro lado del teléfono. Un armario que ninguna periodista podría pagar con su sueldo y, en algún momento de la historia, un hombre capaz de ponerlo todo patas arriba.

Durante años, las comedias románticas parecieron ponerse de acuerdo en una cuestión: sus protagonistas trabajaban en comunicación.

Andie Anderson escribía en una revista en Cómo perder a un chico en 10 días. Carrie Bradshaw convertía sus preguntas sobre el amor en una columna en Sexo en Nueva York. Jenna Rink trabajaba en la publicación con la que había soñado desde niña en El sueño de mi vida. Andy Sachs llegaba a Runway mientras intentaba abrirse camino como periodista en El diablo viste de Prada. No todas pertenecían exactamente al mismo género, pero todas ayudaron a construir un personaje que todavía reconocemos.

La periodista. La editora. La escritora. La mujer que llegaba a una gran ciudad con más sueños que certezas y encontraba la manera de quedarse.

¿Por qué tantas eran ellas?

La respuesta más sencilla está en las posibilidades que ofrecían esas profesiones en una película. Una periodista puede entrevistar al que terminará siendo su interés amoroso. Una columnista puede convertir sus relaciones en historias. Una editora puede moverse entre reuniones, fiestas y presentaciones. Una publicista siempre tiene algún lugar al que llegar tarde.

La comunicación hacía avanzar el guion.

Pero quizá también hacía algo más.

No solo queríamos su historia de amor

Durante décadas hemos mirado las comedias románticas como historias sobre encontrar a alguien. Quizá convenga volver a mirarlas como historias sobre mujeres que, antes de encontrarlo, estaban intentando encontrarse a sí mismas.

Porque cuando empieza la película, ellas ya han tomado una decisión.

Se han marchado de casa.

Han llegado a Nueva York o a otra gran ciudad. Han aceptado trabajos que no siempre son los que imaginaban. Comparten pisos, empiezan desde abajo, reciben negativas, cometen errores y vuelven a intentarlo. Hay una ambición que existe antes que el romance.

Y tal vez por eso tantas de ellas escribían.

La comunicación permitió construir protagonistas que tenían algo que decir. Mujeres que observaban el mundo y trataban de explicarlo mientras intentaban entender el suyo. Sus trabajos no eran únicamente el lugar al que acudían entre una cita y otra. Eran una parte de su identidad.

Había algo poderoso en verlas entrar cada mañana en una redacción.

Sobre todo para quienes todavía no sabían qué aspecto tenía una.

Antes de conocer las fechas de entrega, las correcciones, los horarios o todo aquello que las películas preferían dejar fuera de plano, muchas niñas conocieron el periodismo de esta manera: a través de una mujer frente a un ordenador, escribiendo algo que alguien terminaría leyendo.

Y algunas quisieron ser ella.

Crecimos y entendimos que también queríamos su vida

Quizá de pequeñas mirábamos otras cosas.

El vestido amarillo de Andie. Los zapatos de Carrie. Las calles de Nueva York. Los cafés para llevar. Los apartamentos. Las fiestas. Ese momento inevitable en el que él entendía que había cometido un error y corría a buscarla.

Después una crece y vuelve a ver las mismas películas.

Y empieza a mirar el escritorio.

Aquellas protagonistas representaban una independencia que entonces quizá no sabíamos nombrar. Tenían su propio dinero, sus amigos, sus rutinas y una profesión que querían conservar. Habían construido una vida lejos de aquello que conocían y estaban dispuestas a equivocarse para descubrir qué querían hacer con ella.

Su valentía no siempre estaba en los grandes gestos.

A veces estaba en haberse ido.

En coger una maleta y aceptar una oportunidad. En empezar en una ciudad en la que nadie las esperaba. En entrar en una oficina donde todavía tenían que demostrar quiénes eran. En admitir que el trabajo soñado podía no serlo. En renunciar cuando quedarse significaba alejarse demasiado de la persona que querían convertirse.

Las rom-com envolvieron todo aquello en vestidos, música y finales felices. Pero debajo de la fantasía había una idea que terminó acompañando a una generación: una mujer podía construir una vida por sí misma y después decidir con quién quería compartirla.

Enamorarse desde la elección

Quizá ahí se encuentre también otra forma de entender el amor que mostraban estas protagonistas.

Ellas no esperaban a que alguien llegara para comenzar.

La historia romántica irrumpía en una vida que ya tenía argumentos. Había un trabajo que importaba, amigas que ocupaban espacio, sueños pendientes y una versión de sí mismas hacia la que estaban caminando.

El amor no tenía que rescatarlas de una vida vacía. Tenía que encontrar sitio dentro de una que ya existía.

Y esa diferencia, vista años después, importa.

Porque la independencia que representaban no consistía en no necesitar a nadie. Consistía en poder elegir. Elegir marcharse, quedarse, enamorarse, terminar una relación, cambiar de trabajo o empezar de nuevo.

Tal vez por eso seguimos regresando a ellas.

No porque sus vidas fueran reales. Difícilmente lo eran. Los apartamentos eran demasiado grandes, los armarios demasiado llenos y el periodismo parecía dejar bastante más tiempo libre del que suele conceder una redacción.

Pero la inspiración nunca necesitó que todo aquello fuera posible al milímetro.

Bastaba con que ellas parecieran posibles.

La generación que quiso escribir su propia historia

Las vocaciones no siempre empiezan el día en que alguien elige una carrera universitaria. A veces comienzan mucho antes y en lugares que solo se reconocen cuando ha pasado el tiempo.

En una película que se veía una y otra vez.

En una protagonista que escribía hasta tarde.

En una mujer que había dejado atrás su casa porque había una ciudad, un trabajo o un sueño que quería intentar.

Puede que aquellas películas hicieran que una generación creyera durante algún tiempo en determinadas historias de amor. Pero también hicieron algo menos evidente. Pusieron delante de muchas niñas mujeres que trabajaban, escribían, se equivocaban, vivían solas y tomaban decisiones sobre su propio futuro.

Nos hicieron querer sus vestidos antes de entender lo que significaba querer su independencia.

Nos hicieron soñar con Nueva York antes de comprender el valor de atreverse a empezar lejos de casa.

Y nos hicieron pensar que queríamos encontrar una historia de amor cuando, quizá, lo que también queríamos era tener una historia propia.

Porque al volver hoy a aquellas películas, el príncipe azul parece casi secundario.

Lo que permanece es ella.

La chica delante del ordenador. La que todavía no tiene todas las respuestas. La que tiene miedo y aun así se marcha. La que se enamora sin dejar de perseguir aquello que quería antes de conocerle. La que descubre que ser independiente nunca significó renunciar al amor, sino poder elegirlo.

Quizá por eso tantas protagonistas de las comedias románticas trabajaban contando historias.

Y quizá por eso tantas mujeres crecieron queriendo escribir la suya.



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